¿VERDAD O MENTIRA?

¿VERDAD O MENTIRA?

 EL CAMBIO

 Por: Salvador Hurtado

 Los cambios. Pero de consorte dan un coraje bárbaro. Como molesta encontrarse en la calle con un amigo conocido ya vetarro o vetarro y medio, que ya no picha ni cacha, que ya cascarea, con reumas, dolores en la rabadilla y hecho un pergamino, acompañado de una bella mujer y si quien lo ve, no puede pepenar ni una mosca, la cosa es infame.

Ningún malestar produce tanta envidia que un caso así, en cambio que un absoluto como este, anduviera con una contemporánea de allá por los tiempos en que había carritos jalados por mulitas, ni en cuenta. Y pasaría desapercibido el bato. En el primer caso, el rabo verde presume, aunque no presenta a la chava ni a palos; lo que es en el segundo, a la veterana la presenta con todo el mundo. “¿Te acuerdas de Carmelita que me gustaba mucho cuando los bailes de la Normal?, pues te la presento es mi esposa. Nos casamos hace un mes”.

Y el otro no faltara en contestarle “pues hasta que se te hizo con la centenario esa, incluso llegamos a pensar que te resistías en salir del closet”, porque el viboreo es el pan y la sal de la oficina, del barrio y de la casa. Sin embargo que metidas de pata se dan cuando un amigo dice; “Te presento a Lupita, mi esposa”, y un zonzo le pregunta; “ ¿ Y qué paso con Gloria, te divorciaste de ella?” Cosa parecida sucede cuando alguno le dice a su acompañante; “Tere te presenta a David, viejo amigo mío” y el aludido contesta “mucho gusto Tere…¿Sabes te pareces mucho a Carmela que en paz descanse?”.

Otro caso doloroso y triste es ese en que un amigo se encuentra con otro en un cabaret a las dos de la mañana y le dice: “viejo que gusto en verte…¿Qué tal Carmelita?”, y al voltear la tal Carmelita resulta que es…ya sabe, ¿verdad? No vale la pena decir que era la “movida” del amigo. Pero no tiene la culpa el Indio sino el que lo hizo compadre, así es que un cambio de señora, circunstancial o permanente, debiera avisarse como en el caso del casado, hombre o mujer, que usa un cierto tipo de anillo en el dedo que precisamente esta bautizado como el anular que dijera silenciosamente: “Aguas pendejo, cambie de vieja”.

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